Deporte, pasión y “violencia”
El hockey sobre hielo no comienza cuando el disco toca la pista; comienza horas antes, en el frío asfalto de los alrededores del estadio, donde la pasión de los aficionados desafía a las temperaturas bajo cero, con hogueras improvisadas. Vivir un encuentro entre los New York Islanders y los Vancouver Canucks es sumergirse en un ritual que mezcla la camaradería más salvaje con el espectáculo deportivo más veloz del planeta.
El vaho sale de las bocas al hablar, mezclándose con el humo de la leña, mientras las manos se calientan sosteniendo latas de cerveza fría que parece no importar bajo el calor de la comunidad. Hay cánticos, risas y el sonido metálico de los brindis. Es un momento de hermandad donde la estrategia se discute entre desconocidos y la adrenalina se empieza a cocinar a fuego lento. Es la calma tensa antes de que el hielo dicte sentencia.
Al entrar al pabellón, el contraste es inmediato: el aire gélido que emana de la pista golpea el rostro y el brillo del hielo recién pulido bajo los focos te indica que la espera ha terminado. Por un lado, la herencia neoyorquina de los Islanders, un equipo construido sobre la resistencia y la garra física; por otro, los Canucks, trayendo consigo la elegancia técnica y la combatividad del oeste canadiense.
Estar en la grada es una montaña rusa de sensaciones sensoriales; nada te prepara para el estruendo de un jugador siendo estampado contra el cristal justo frente a ti. Es un recordatorio físico de que este es uno de los deportes más duros del planeta. Por otro lado, está el “puck”. El disco a veces desaparece de la vista, viajando a velocidades que desafían al ojo humano, pero el rugido de la multitud te indica exactamente dónde está el peligro.
Cada vez que suena la bocina de gol, el estadio entero parece vibrar, ya sea para bien o para mal, con una descarga de energía que te recorre la espalda y te hace saltar del asiento. La NHL tiene probablemente uno de los grupos más ruidosos del deporte, puro espectáculo, dónde se espera casi con más ansia una pelea entre rivales que un gol a favor.
El partido es como un vals sobre patines. Los Islanders intentaron imponer su físico en la zona neutral, cerrando espacios con su defensa, pero los Canucks respondieron con transiciones rápidas y una visión de juego envidiable que les hizo dominar prácticamente todo el partido. Cada power play se sintió como una cuenta atrás hacia el caos controlado. Al final fueron los canadienses con un 1 a 4 los que se llevaron una victoria, más que merecida.
Al salir del estadio, con el frío de la noche golpeándote de nuevo la cara, pero con la adrenalina aun fluyendo por las venas, te das cuenta de que no solo has visto un partido. Has sido testigo de una batalla de voluntades. La victoria o la derrota se quedan en la estadística, pero la sensación de haber estado allí desde el calor de las hogueras iniciales hasta el último suspiro del tercer tiempo es algo que se queda grabado para siempre. El hockey hielo es algo a lo que los españoles no estamos acostumbrados a ver y aunque realmente no entiendas muy bien al principio como funciona, es un deporte que tienes que ver una vez en la vida.