Si parpadean se lo pierden
Dicen que la televisión engorda, pero lo que realmente hace es “suavizar”. En la pantalla, la NBA parece un ballet coreografiado. Desde mi asiento en primera fila del Barclays Center, a escasos centímetros de la línea de banda, descubrí la verdad: esto es más una guerra de trincheras a 200 pulsaciones por minuto. Mi primera experiencia en la NBA, un duelo a cara de perro entre los Brooklyn Nets y los Miami Heat, fue una sobrecarga sensorial que ninguna cámara puede captar.
Entrar al Barclays Center es sumergirse en la identidad de Brooklyn: moderna, oscura y elegante. Desde la primera fila, el “Oculus”, la pantalla gigante circular, se siente como una nave espacial aterrizando sobre ti.
Antes del partido, el estadio se sumió en la penumbra. Solo un foco iluminaba a la intérprete del himno nacional. El silencio respetuoso de 17.500 personas pone la piel de gallina, pero lo que realmente impresiona es el estallido posterior: fuego, bajos que te vibran en el pecho y la presentación de los locales.
El partido fue un choque de filosofías. Los Nets del español Jordi Fernández, liderados esa noche por un Michael Porter Jr. inspirado, que terminó con 28 puntos, buscaban correr y tirar, con posesiones cortas. Desde mi asiento, ver a Porter Jr. elevarse para un triple es ver la perfección en movimiento; pega un brinco y suelta el balón tan alto que parece imposible de taponar. Ha sonado “Chof”. El sonido de la red limpia a pocos metros de ti es algo adictivo.
Pero enfrente estaba Miami. Ver a Bam Adebayo y al novato sensación Kel’el Ware, una torre de 2,13 y una envergadura espectacular, patrullar la pintura es intimidante. Tienen músculos en los músculos. Desde la TV no se aprecia, pero en la pista se escucha todo: los golpes de antebrazo en la zona, los gritos de “¡Screen left! ¡Screen right!” y el jadeo constante. Incluso una jugada donde Nic Claxton y Adebayo chocaron en el aire luchando por un rebote y el impacto sonó seco, brutal. Eso no es falta, es la NBA.
La experiencia como fan en Brooklyn es única. A mi lado, celebridades locales se mezclaban con turistas, pero todos unidos por el cántico de “Brooooook-lyn”. Durante los tiempos muertos, el show no para. Las “Brooklynettes” y el equipo de acrobacias llenan la pista, y lanzan camisetas a la grada, bailan o hacen alguna locura impensable para los mortales.
Aunque los locales pelearon, llegaron a ir ganando en varias fases del encuentro, el último cuarto fue una lección de oficio, más que de baloncesto de los Heat. Norman Powell y Jaime Jaquez Jr. silenciaron al público con canastas decisivas en los minutos finales, en lo que allí se denomina como el “Clutch Time”.
Lo más doloroso desde la primera fila no es ver perder al equipo al que vas a animar, es ver la frialdad con la que el rival cierra el partido. Con el 106-95 final, el estadio se vació rápido, pero yo me quedé unos segundos más, mirando la pista vacía, aún con el olor a reflex y el eco de las zapatillas en mi cabeza.
Los Nets perdieron la batalla, pero yo gané un recuerdo imborrable. La NBA en primera fila no se ve, se sobrevive.